03-09-2012 00:00:08
Queridísima Leni. Las cosas siguen bien por aquí, no te negaré que algunos días hizo calor y otros estuvimos tristes, pero ya estamos mucho mejor.
Si te escribo, Leni querida, es porque anoche soñé contigo, me acordé de ti y me levanté apesadumbrado y con la necesidad de contarte cosas como solía hacerlo algunas de esas muchas mañanas que aniquilábamos a solas; suerte que esta carta es sólo para ti y no la va a leer nadie, ¡Le contaba y le sigue contando cosas! ¡A su coneja! ¿Qué cosas terribles no pensarían de mí?
Como tampoco me importa lo que piensen te cuento que al poco de irte reunimos todas tus cosas y las dejamos junto al contenedor de la esquina; tardaron más de la cuenta en llevárselas. Daba mucha pena asomarse al balcón y ver tu jaula, tu transportín, tu túnel de maderos de colores. Al final se lo llevaron todo y no sé si no me dio mucha más pena todavía.
Tus cosas ya no están pero permanece por toda la casa el rastro de tus mordiscos; rastro que no podremos borrar ni queriendo por más que pasen —que pasarán— años y daños.
Coral no sé, pero yo te he echado de menos casi todos los días, y no creas que ese “casi“ no me duela, porque recuerdo que creí o pensé que o quizás hasta me propuse acordarme de ti todos todos los días desde que te marchaste, y bueno, ya lo ves, no hace ni tres meses y algunos días ya te fallé; confieso también que algunos de los días que sí me acordé de ti lo hice sólo con el propósito de escribir un texto tristísimo, algo capaz de hacer llorar a las piedras. Espero que no me lo tengas en cuenta.
A veces me acerco a la tienda de animales y subo a la planta de arriba buscando Lenis en las jaulas de cristal de los conejos, me quedo allí acuclillado un buen rato, sé que pierdo el tiempo y me torturo inútilmente, nunca hay Lenis, nunca las habrá y de nada serviría que las hubiera. Tampoco quiero que pienses que esto te lo cuento para hacerme perdonar, pues es en serio que a veces voy y que, encima, hay que subir una escalera.
Te cuento también que el otro día le pusieron a Coral un gel en la tripa y en una pantalla en blanco y negro se intuía un ser pequeñito que no estoy todavía en condiciones de asegurar que no pueda ser un conejo. Tiene la cabeza muy grande, igual que la tenías tú cuando llegaste hace seis años, con tu cuerpecito tan pequeño; en ese tiempo en el que, y ahora puedo confesártelo, todavía no te queríamos demasiado.
Te cuento, queridísima Leni, y con esto me despido, que dice el doctor que Coral se quedó embarazada justo el día que tú te fuiste, y yo digo que no puede ser, porque ese día no hicimos el amor porque estábamos demasiado tristes.
05-06-2012 00:00:07
A Leni le regalaron cuando cumplió tres años un túnel moldeable hecho de troncos pintados de colores y unidos por alambres; se lo instalé pegado al ventanal del salón, en un hueco que quedaba entre el sofá y la pared; desde ese día Leni ha tenido que cruzar el túnel para acceder a uno de sus rincones favoritos de la casa, rincón en el que se siente a salvo de unos depredadores que yo jamás supe ver. Ahora pienso, en mi mentalidad de estadista catalán, que estaría bien poder saber cuántas veces cruzó Leni ese túnel. En un cálculo rápido, a razón de 10 veces por día, me salen más de 10000 cruces, si ese túnel fuera uno de esos peajes que tenemos por aquí y ese peaje lo explotara yo y Leni no fuera la pobre conejita insolvente que es, nuestra situación económica familiar sería ahora mismo bastante más desahogada. Como en todo lo que nos gustaría: un montón de condiciones que no se dan. Pero Leni está muy enferma, esa es la gran novedad. Hace unos días que Leni no llega a cruzar el túnel, se tumba justo frente a él, su respiración agitada no presagia nada bueno: así tumbada, observando la pared que se ve medio metro detrás del túnel, puede pasarse horas. Observa y observa a través del túnel y quizás vea su vida pasar: en una diapositiva un cuenco lleno de escarola, en la otra un trocito de plátano, en la siguiente un plato con zumo frío de piña recién exprimida, en la siguiente esa doctora hija de puta que la durmió un par de veces y la manoseó y la radiografió y le calvó agujas de distintos tamaños y calibres, y luego otra vez el cuenquito y comida y más comida y bueno, por qué no, hasta puede que en una de esas diapositivas salga yo. Y así sigue en sus cavilaciones hasta que el dolor o lo que sea que la anula remite y se acuerda de que a pesar de todo siempre nos seguirá quedando esa cosa maravillosa que es comer, se incorpora, da media vuelta y se encuentra los restos del desayuno en el cuenco pequeño; los restos de la cena de ayer en el cuenco grande; más heno del que jamás dispuso en el dispensador de heno de la jaula, y come un poquito de esa comida que de un tiempo a esta parte se le viene acumulando. A veces los chicos del parque al que da el salón de mi casa sacan sus punteros láser para molestar, y a mí y a Coral no que no nos molestan, pobres niñatos gilipollas, pero sí que nos inquieta que algún día uno de esos punteros se refleje justo en la pared que hay detrás del túnel que ya no cruza Leni, y que le dé entonces por ir hacia la luz y cruzar finalmente un túnel que yo no termino de asumir que muy pronto cruzará.
01-03-2012 00:00:06
Revisando desesperado mis textos me di cuenta de que hubo un mes muy inspirado en raramente, fue el mes de agosto de 2008. Me estoy documentando. Trato de reproducir las condiciones que se dieron ese año para que mi producción fuera tan alta y de tan buena calidad: anotaciones casi a diario a cuál más inspirada, una auténtica fiesta de la ocurrencia y del buen gusto; repaso la hemeroteca para ver qué cosas ocurrieron entre el 1 y el 31 de Agosto de ese año; repaso también mis diarios y mis archivos mentales para saber qué amor me trastornaba de tal forma esos días como para ser capaz de escribir semejantes ocurrencias. He decidido finalmente que el mes de marzo de 2012 volverá a ser el mes de agosto de 2008, me he hecho con un ejemplar de "El Mundo" de cada uno de los días de ese mes, salgo al balconcito con mis calzoncillos y mi camiseta de tirantes y un zumo de naranja bien frío y empiezo a hojear el periódico del día correspondiente en busca de esa inspiración perdida; cuando me doy cuenta de lo absurdo de mi empresa, pues yo jamás leí la prensa, saco el móvil y le mando un SMS a mi amante: contactos, carpeta amantes, subcarpeta 2008, subsubcarpeta agosto, “¿Qué tal te va, mi musa? ¿Cuándo nos vemos?”, es de agradecer que se tome por lo menos la molestia de responderme tan seguido: “bn, grcs, xo mjr superalo, glplls.”, doy un trago largo al zumo mientras miro al infinito de la chimenea de la plaza, y joder qué frío, mejor me meto para dentro.
19-02-2012 00:00:05
Y qué delicioso ese hilito de baba que se forma en el pico de su boca, que delicioso e hipnótico ver cómo se estira y se contrae y desaparece para, al rato, volver a aparecer devolviéndome a mí así a mi embelesamiento. Y hay que ver con qué gracilidad se acumula su saliva en la comisura de sus labios, ¡haute cuisine! mousse que me tienta a rebañarla con un dedo; pero mantengamos la calma. Y qué dulce y fragante esa suave lluvia fina de proyectiles con la que baña mi rostro mientras come y me habla. ¿Que qué dice? ¡Y yo qué sé qué dice! ¿Que me escupiste en la cara? No te disculpes, tonta, así me dejen ciego tus paluegos. Y luego lo mucho mejor que le sienta a su boca entreabierta, más que a cualquier otra boca, esa argamasa de comida a medio masticar; y lo preciosa que está con sus ojeras y sus berruguitas y sus manchas en la piel, y las ganas irrefrenables que ese enorme grano de pus en el centro de su frente —faro a punto de estallar que es la joya que la corona— da de naufragar entre sus brazos y estrujarle los carrillos y besarla y agasajarla. Y déjame cerrar los ojos para aspirar profundamente y con fruición ese aliento de perro chico que llega a mí como una fragancia de las caras. Y no termino nunca si no digo lo hermosa que está ahora, cuando de repente, abre su bocaza y, mientras muestra su desordenada dentadura —¿Qué gran artista ordenaría tan concienzudo desorden? ¡Y qué tono amarillento tan bien escogido para cada una de sus piezas!—, qué hermosa cuando de repente abre la boca, digo, y como un animalito adorable, va y bosteza.
25-01-2012 00:00:04
Hay ese señor en la puerta de mi casa, señor que no perderé ni un segundo en describir. Lleva una caja de cartón en la mano, eso sí. Buenos días, ¿Lenisio Dima? Lenisio Dimas, sí, buenos días. Yo sé bien que muchas veces se ha preguntado usted si no tendrá premio todo esto que hace. ¿A qué se refiere con todo esto, a raramente, a este montón de estiércol? No hombre no, evidentemente esto no tiene premio, no lo merece, me refería a esta forma suya de vivir: al hecho de haber sido capaz de hacer siempre lo contrario de lo que le apetecía; a esta vida más al servicio de los demás que al suyo propio; a esta capacidad suya por reprimir sus instintos, como esa vez que consiguió huir de una cama en llamas. Eso tuvo su mérito, sí. Hemos ido avanzando penosamente por el pasillo hasta llegar al living. El señor que no he descrito está sentado ahora en mi sillón. ¿No habrá puesto living en vez de salón para evitar la rima? Ya veo que lo sabe usted todo de mí. Se ha sacado dos paquetitos del bolsillo de su abrigo y los ha dejado encima de la mesa camilla. Se lo ha bien merecido —me ha dicho ofreciéndome la caja de cartón—, ábrala usted mismo. He Levantado las dos patillas de la caja y he sacado de su interior una copa dorada. El señor que no he descrito ha abierto entretanto los dos paquetitos, en uno había confeti y en el otro tres serpentinas amarillas; tras una suave lluvia de papel, ha lanzado una de las serpentinas que me ha impactado en la ceja derecha. No sé qué decir, todo esto es muy emocionante, muy en mi interior siempre sospeché que esta forma mía de reprimirme tendría premio.
De nuevo solo en casa he examinado el trofeo más detenidamente: la base es de imitación de mármol y la copa es de latón; la placa metálica en la que viene mi nombre, mi fecha de nacimiento y la fecha de hoy, está ligeramente torcida; una rebaba de cola sobresale por uno de sus laterales y a mi nombre —alguien calculó mal el espacio— no le cupo la última ese. De camino a mi sillón he dado un traspié, he rodado por el suelo y la copa, debido a la escasa calidad de los materiales, se ha partido en tres, mi cuerpo ha aterrizado sobre una fina capa de confeti y en mi rostro se ha dibujado una mueca que ya nadie sabrá decir si era de felicidad o de hastío.
17-01-2012 00:00:03
En la fábrica de anécdotas no me pagan para que os escriba. Por eso, debajo del Word en el que trabajo, abro un segundo Word que ocupa una discreta franja en la parte inferior de mi pantalla; selecciono Arial del ocho y el gris más próximo al blanco posible y, si se me ocurre algo, os lo escribo prácticamente en blanco sobre blanco. Ayer escribía que escribía que escribía que soñaba que soñaba que soñaba; qué pesados los escritores con lo que escribimos y con lo que soñamos. Ayer, siendo escritor por un día, se me acercó sigilosamente por detrás la psicóloga de la empresa, es de agradecer lo mucho que Sven se preocupa por nuestra salud mental. Llevaba un tiempo observándome cuando me di cuenta de su presencia. Me di vuelta, sonreí. “¿Qué escribes?”. “Nada. Me quedo en la anécdota”. Miró la pantalla aparentemente en blanco,“Si pretendes escribir, mejor haz clic sobre la ventana”. “Disculpa, vamos todos muy cansados”. Volví a sonreír, hice clic sobre la ventana, escribí cualquier cosa. “Ahora sí.” A pesar del esfuerzo para que su voz sonara natural, reposada y clara, pude ver el recelo en su mirada, pude ver cómo buscaba encima de la mesa el arma con la que me imaginó acuchillándola.
06-01-2012 00:00:02
Es habitual en mí fregar los cacharros con la radio puesta. Es habitual también que algunas de las personas a las que escucho por la radio me crispen hasta el punto de hacerme alzar la voz, “¡¡Serás zorra!!” grito, por ejemplo, y mis insultos se elevan por encima del rumor del agua que corre, por encima del entrechocar de vasos y platos, por encima también de la zorra que a través de mi pequeño receptor radiofónico suelta sus estupideces. Es mallorquina. Lo que ya no es tan habitual es lo que ocurrió la otra tarde. Estaba solo en casa, fregando los cacharros e insultando a la mallorquina como de costumbre, “¡¡¡Me cago en tu puta vida, ostias!!! ¡¡¡¡Mira que llegas a ser zorra!!!!”, no sé si era ella o era yo, pero uno de los dos no tenía su mejor día. En esas estaba cuando una brigada de los mossos echó la puerta abajo. La puerta no llegó a caer, quedó apoyada entre la jamba y el tabique del descansillo, formando una cabañita en la que rápidamente se refugió Len. Venían los mossos alertados por uno de mis vecinos, “¿Dónde está su mujer?” me preguntaron, “Ha salido”, dije secamente, secándome las manos. Inspeccionaron mi barraca, buscaron en los armarios, debajo de la cama, en la bañera, en el altillo, Leni los seguía por toda la casa pegando saltitos; a menudo me pregunto qué me faltará para ser feliz, puede que sea su inconsciencia. Finalmente abrieron la nevera, se les iluminó la cara al ver una bandeja con media docena de sesos de cordero, “Señor agente, Coral tiene el cerebro pequeño, pero sólo tiene uno” dije inconscientemente, buscando mi felicidad.
05-01-2012 00:00:01
¿Y cómo no lo van a saber, si no paran de inventarse cosas? Nosotros competiremos el próximo martes. Los de nuestro autobús, el 73 de las 7 de la mañana, nos enfrentaremos a los del 56 de las 8:30. No sé muy bien en qué consisten las pruebas, sólo sé que es en una cadena privada y que, no por mí, pero si la cosa va de gritar, tendremos grandes posibilidades.
22-12-2010 00:00:21
No terminé de entender jamás el concepto matemático de límite. Era joven, un auténtico gilipollas. Ahora, más calvo, más barrigudo, más degenerado física y espiritualmente, ya no tan joven en definitiva, a pesar de seguir siendo el auténtico gilipollas que siempre fui, entiendo mejor ciertas cosas. Todo tiene un límite.
Me di cuenta ayer sentado en el sofá. Intentaba pensar en vano en otras cosas, cosas verdaderamente importantes, contemplando la funda raída y roída, alfombrada de pelos de Leni, las cortinas raídas, los muebles roídos también, briznas de heno esparcidas por toda la casa, tres deposiciones de Len en una esquina, una en el centro del comedor, otras dos flotando en un charquito de meado, junto al zócalo ya no roído, devastado, totalmente destruido, con Leni subida a la mesa del comedor, a 10 centímetros del frutero, a 10 centímetros de las cerezas, a 10 centímetros o menos de 10 gramos o más de felicidad instantánea. Nublado mi pensamiento por un penetrante olor a granja, alcancé sin embargo a concluir que sí, que efectivamente: Todo tiene un límite.
Bajé a Leni de la mesa, la metí en su jaula ¡Castigada! y me puse a darle a la escoba. Cuando tuve el piso barrido bajé la aspiradora del altillo y cepillé la funda del sofá antes de pasarle a fondo la aspiradora. Una vez eliminados los pelos quité la funda y la puse a lavar, después enfundé el sofá en una funda limpia y volví a darle con la escoba ahora por debajo del sofá, llené dos bolsas de basura con una especie de amalgama de espuma, pelos y pelusa con la que medité rellenar unas fundas de cojín que había comprado Coral el año pasado. Quité también el polvo, no sólo en los estantes bajos, lo hice a conciencia, en las partes visibles había una fina capa que retiré fácilmente con una gamuza, subido a una silla, con un trapo seco primero, con un trapo húmedo después, eliminé tremendas costras de mugre de los rincones más recónditos. Aproveché también para poner orden entre los libros, los ordené alfabéticamente por autor, pero sus medidas desiguales no me convencieron y terminé ordenándolos por colecciones y tamaños. Tiré también un montón de periódicos que tenía amontonados en distintos sitios de la casa, me quedé únicamente con un recorte de cuando Tyson perdió ante James Buster Douglas allá por el año 90, lo guardé entre las páginas de un libro, olvidando al instante en cuál. Luego me puse con el cuarto de los toxicómanos, estuve doblando ropa unas buenas dos horas, rellené dos bolsas con prendas que hace años que no me pongo, amontoné en el armario de debajo de la cama de los invitados todo tipo de útiles inútiles que me dio pereza tirar y luego con papel de periódico limpié los cristales del balcón y aproveché la inercia para ponerme a fondo con el lavabo. La escobilla, la lejía, el anti cal, no pretendo haceros creer que soy la primera persona que ha limpiado un lavabo alguna vez. Cuando terminé con el lavabo, me puse con la cocina, utilicé un producto auténticamente destructivo, KH-algo, una cosa casi de ciencia ficción, algo milagroso: acabé con la suciedad acumulada de años en minutos; fregué prácticamente toda la vajilla, tiré tres bolsas enormes llenas de cadáveres muy variados que encontré en la nevera, hice una última pasada rápida con la escoba por todo el piso y pasé la fregona entreteniéndome especialmente en el mugriento suelo de la cocina; abrí entonces las puertas correderas de los balcones y me volví a sentar en el sofá.
Intenté volver a pensar, intenté recuperar las cosas importantes en las que pretendía pensar antes de ponerme a poner orden en mi casa. Era algo relacionado con poner orden, algo tan estúpido como que es mucho más fácil ponerte a poner orden en tu casa por poco que te guste y por más mugrienta que ésta esté que ponerte a hacer limpieza y a poner orden en tu vida.
Por más que todo tenga un límite. Supongo.
20-12-2010 00:00:20
Marchando que se van.
Soñé que éramos felices en el trabajo; soñé que bebíamos limoncello y éramos felices. Decidí llevarme el limoncello a la fábrica de anécdotas al día siguiente, dejarlo en el congelador el tiempo suficiente para luego sacar los vasos cortos, servirlos, repartirlos entre mis compañeros de departamento y ser felices. Y aunque sólo fuera hasta que llegó Sven, hasta que empezamos a animarnos más de la cuenta,
un ratito fuimos felices.
21-08-2010 00:00:19
La tuve agarrada de los pelos, ocurrió esta mañana, se abalanzó sobre mí justo al levantarme, como en los viejos tiempos. Todo vino a raíz de un sueño, un sueño... así de mal están las cosas. Había nostalgia en ese sueño, si hablé de mi madre alguna vez no lo recuerdo, pero sí, tengo también una madre: mi madre había deshecho la reforma del salón-comedor, el viejo piano volvía a estar allí, más avejentado de lo que ya estaba, se diría que alguien lo recuperó del vertedero, estaba también la raída y polvorienta alfombra de pelo verde, el papel tintado de paja entretejida, quemado por el sol donde siempre estuvo quemado por el sol, todo, absolutamente todo volvía a estar en su sitio; ni rastro del gres imitación de parquet, ni rastro de los sofás de cuero blanco, ni rastro de esa odiosa pintura salmón en las paredes. Trataba yo sin éxito en este contexto de tocar a un dedo el Waka Waka, fallando tantas notas como siempre fallo; en otro plano, en el que verdaderamente importa, ya en la ducha, no puedo por más que pensar que fue un error —en medio de tan obstinada porfía por sacar adelante después de tanto tiempo ni que fueran tres malas frases— todo ese gel de baño en mis manos; si hasta me vino la frase con la que empezar con todo esto, ¡qué importante tener esa primera frase!, dame una primera frase para poder tirar del hilo y conseguiré escribirte lo que sea. La tuve agarrada de los pelos, ocurrió esta mañana, hacía mucho tiempo que no tenía esa sensación. Tuve esta anotación agarrada de los pelos y no estoy completamente seguro de si no se me escurrió de las manos al final.
20-07-2010 00:00:18
He cruzado los cinco tramos de la Avenida Meridiana en rojo un sábado de operación salida en hora punta y sin mirar. Sinceramente no creo que sea casual el que siga aquí para contároslo. Volvía de la fábrica de anécdotas, bajaba andando por la calle d’en Tissó, iba pensando en mis cosas, en todas esas mañanas abriendo la jaula de Len, poniéndole dos cucharadas de pienso en su cuenquito, ni una más ni una menos, todas esas duchas mirándome la barriga, enjabonándome el sexo y eso, tantas madalenas ahogadas en el tazón de nesquik, tanto bajar, y también subir, yendo y volviendo del trabajo y pensando esta clase de cosas por la calle d’en Tissó, tanta verdura hervida para cenar, tantos besitos de buenas noches en la frente de Coral… me ha parecido, y tenía razón, ¡y claro que la tenía! que tanta cotidianidad era mucho, demasiado: demasiada cotidianidad para un solo camionero despistado.
05-07-2010 00:00:17
Coral se ha comprado un portátil nuevo, aunque roído y destartalado ya teníamos uno en casa y funcionaba perfectamente. A mí con tener uno me parecía suficiente, pero dice Coral que se lo ha comprado "para combatir la incomunicación que de un tiempo a esta parte se ha apoderado de nuestras vidas". Cuando se pone en este plan siempre le digo "No sé, puede ser". Donde sí le doy toda la razón es cuando dice que el viejo portátil siempre estaba ocupado: cuando no era ella la que andaba trasteando en su granja virtual, era yo el que me arrastraba a placer por el inframundo paralelo de mis virtualidades. Ahora que tenemos un portátil para cada uno, por lo menos podemos chatear juntos algunos ratos muertos. Pero la felicidad nunca puede ser completa, porque la conexión del vecino nos llega muy atenuada y sólo en puntos muy delimitados de la casa, concretamente en una esquina del sofá, así que allí que nos ponemos bien apretujados los dos, las carcasas de los portátiles dándose besitos; y claro, veo de reojo lo que me escribe Coral antes de que me llegue, y maldita la gracia; y me molesta además que ponga todas esas risitas y esas caritas sonrientes cuando puedo ver perfectamente en vivo la poca gracia que le hacen las cosas que le escribo.
26-03-2010 00:00:16
Caerá otra noche en la mansión de los Dimas. Después de la cena, Coral se dirigirá al sofá, es el de nuestra casa un sofá en forma de ele, Coral se tumbará en la parte larga de esa ele, apoyará su cabeza sobre tres cojines, se tapará con una manta; al rato me levantaré yo de la mesa y ocuparé una esquina de la parte corta del sofá de nuestro piso, no me tumbaré, me sentaré con los pies encima de la mesita baja; finalmente llegará Leni, se subirá al sofá de nuestra chabola de un brinco, pasará por encima de Coral que se quejará de sus uñas flojito “ay, ay, ay”, se acercará Leni con cautela hasta donde yo estoy, se tumbará a mi lado, le acariciaré la cabecita. Y ya estaremos otra vez los tres en nuestras posiciones. Nuestro sofá es una nave espacial, estamos siempre los tres ocupando nuestras posiciones, esperando; pero la nave nunca despega.
08-03-2010 00:00:15
Le aguanté la mirada a una peruana guapita en el metro. Me di por satisfecho porque también ella me miraba, parecía interesada, pero no sé qué hay que hacer después de las miradas, no pude ir a clase, me quedé dormido ese día. Volvía yo a mi casa pensando en eso y con el firme propósito de mirar a las peruanas guapitas en adelante más y más intenso y luego pues no sé, ir probando cosas, ya se vería. A pocos bloques de llegar a mi casa oí un murmullo que venía de un portal, se trataba de una voz metálica que parecía que me llamaba, “¡Eh tú! ¡Sí sí tú!!”. Me acerqué hasta el portal, venía del telefonillo, “¡Soy yo, tu favorita!”, miré a mi alrededor, se mira mucho alrededor cuando ocurren cosas extrañas, no sé qué es lo que se busca, tampoco yo lo encontré, sólo sé que a esas horas por la calle ya no había nadie; pensé en mis favoritas, tengo una gran cantidad de favoritas que encima cambian continuamente; ¡Qué importantes las favoritas!: una favorita en el trabajo, otra en el supermercado, otra en el autobús, favoritas por todas partes hacen la vida mucho más llevadera. Pensé en mi panadera favorita, creo recordar que una vez me dijo que vivía en mi barrio, pero por no meter la pata pregunté: “¿Qué favorita?”. “Pues qué favorita va a ser... ¡La favorita de tu barrio!”. Volví a pensar en mis favoritas, porque una cosa es la favorita de mi barrio y otra cosa es mi panadera favorita, por más que las dos vivan en mi barrio. Me acordé entonces de una chica a la que veo a menudo paseando a su perro por el parque que hay enfrente de mi casa, una chica muy de barrio, morena, con piercings y florecillas tatuadas enroscándose en sus brazos, pensé que definitivamente ésa era la favorita de mi barrio. “¿Tienes un perro blanco con aspecto de cerdito? ¿Morenita? ¿Delgada? ¿Pantalones ajustados? ¿Buen trasero? ¿Florecillas tatuadas enroscándose en tus brazos?”. “Todo exacto salvo por lo del cerdito, es un Bullterrier. ¿Subes o qué? Estoy en el tercero primera. Estoy sola”. Y bueno, me abrió la puerta y subí y ella me esperaba recién duchada, supongo que enroscadas sus flores tatuadas en sus brazos y sus brazos cruzados embutidos en un albornoz blanco coronado por una sonrisa hipnóticamente traviesa. Olía muy rico, como a flores, bien por el champú, bien por sus propias flores. Hicimos el amor durante tres horas con el Bullterrier descabezando un sueñecito a los pies de la cama. “Joder. Me había masturbado pensando en ti más de cien veces. Es un poco increíble todo esto, ¿no te parece?” le dije tras el quinto polvo. “Un poco no, totalmente. Verdaderamente sería mucho mejor y más sencillo que ocurrieran de vez en cuando este tipo de cosas, así te ahorrarías que se te tuvieran que ocurrir a ti”.