Una atípica de buzos
No soy de guardar cosas que no me vayan a ser de una utilidad más o menos inmediata. Así que en las contadas ocasiones en las que Coral y yo nos vamos de vacaciones marinas, lo cual suele ocurrir una vez cada cinco años, compro gafas y tubo de buzo y el último día me deshago de ellos. Consiste en meter uno de los cojines centrado longitudinalmente debajo de las sábanas; completar lo que sería el cuerpo con un par de toallas para dar forma y volumen; ponerle las gafas y el tubo a una tercera toalla enroscada esféricamente; apagar la luz, dejar el buzo dormido y abandonar la habitación del hotel.