Zizurkil
En el metropolitano veo a esos dos hermanos de unos dos tres años, un niño y una niña, la niña llora desconsoladamente, el niño se ha quitado el zapato y se come la suela. Les acompaña ese señor mayor, supongo que el abuelo, comiéndose un helado, vainilla y chocolate por todas partes: en la camiseta, escurriéndosele por las manos, gotitas en los pantalones, en los zapatos, un cuadro abstracto en la cara. Y sin avisar, como otras tantas veces, la compasión, sin saber por qué, me sacude de una forma tal que casi me caigo al suelo. La compasión, qué cosa, qué puta; la compasión es la puta más puta de mi barrio. ¿Pero cuánta compasión no habré despertado yo antes, por no sé qué misteriosos motivos?