Zizurkil me ha hecho recordar
Mariluz sólo me quería cuando volvía de viaje. Había también una diferencia abismal entre el sexo monótono del día a día y su apasionada forma de marcar territorio al despedirnos. A la vuelta todo eran atenciones, y te he echado tanto de menos y luego de eso hacíamos el amor como toros robustos. Con el paso de los días las cosas volvían rápidamente a la normalidad: volvían los reproches, su trato perruno, las malas caras y los malos polvos. Descubrí con el tiempo que su cambio de actitud se regía por una fórmula matemática que iba en función de lo lejos que me había ido, de los días que había estado fuera y de la cantidad de regalos que le había traído. Existía también una variable a la que llamaremos épsilon que jamás supe determinar. Después de nuestra última riña me fui a Maputo y volví a los quince meses cargado con tres máscaras tribales y un escudo tallados a mano y una lanza de dos metros. Pero Mariluz ya no estaba. No volví a saber de ella nunca más.