El pasatiempo último
La bisabuela guardaba con gran celo una cajita metálica con dieciséis compartimentos llenos de pastillas que presumiblemente le alargaban la vida. La bisabuela creía saber para qué servía cada una de las pastillas según su forma, color y tamaño, y se las administraba metódicamente en las dosis que el doctor le había prescrito. Pero en realidad las cuarenta y dos pastillas que se tomaba a diario eran inocuas, no curaban nada, no paliaban ningún síntoma, no eran más que un simple entretenimiento para superar el aburrimiento y el hastío de sus últimos días.