Cómo puntuar mal
En el transporte público coincido con demasiada gente. No es que me molesten, por favor..., no soy de esos, es sólo que no soy capaz de procesar tanta información, tantas caras. Me centro pues en la pareja de abuelos que me ha tocado enfrente y me basta y me sobra. La señora no se calla ni para respirar, de hecho, esto no es difícil, puesto que los signos de puntuación están pensados para eso: respirando bien en las comas, es posible hablar muy seguido sin que el discurso se resienta, pero el monólogo es disperso: la familia, los hijos, el aguacate y otras domesticidades; algún apunte de misa: grandes inconvenientes en la parroquia -como los cirios, que queman raro (ella cree estar segura ("creo que estoy segura") que los compran en algún bazar chino)- y bla bla bla. A todo esto el abuelo sin decir nada y asintiendo con la cabeza a razón de unas 200 veces por minuto: una marioneta de un solo hilo. Entonces ha sido cuando, de repente, me he sentido abatido por el solo hecho de pensar: "¿Cuántos millones de veces habrá hecho que sí esta cabecita que sé bien que piensa: "¡no, no, no, no, (¡Cállate!) y NO!"?".