Y vino el rumano
Cuesta postear sin ordenador. Vino un rumano bajito a mi casa mientras yo andaba escribiendo mis anécdóticas miserias en la fábrica de anécdotas. Digo que era bajito porque se dejó algunas cosas de valor que había en las estanterías altas como un elefante de la suerte tallado en madera o una moneda de 50 céntimos de euro de Portugal. Y digo un rumano bajito pero puede que fueran dos por el tremendo desorden que organizaron: organizar un desorden, qué cosa. Y bueno, también puede que no fueran rumanos bajitos, podrían ser también peruanos de talla normal o pigmeos grandotes o niños o enanitos; da un poco igual ¿No? Todo por ahí desparramado, eso sí, la hucha del cerdito hecha añicos... la zapatiesta vamos. Admitamos que el suceso me dejó algo alterado, admitamos que quise reconstruir la escena, que quise imaginarme entrándome a robar a mí mismo, ¡Y qué emocionante! rebentando la cerradura, lidiando con Leni haciéndome monerías, intentando morderme los zapatos, pobre animalito inconsciente; para darme de bruces al final con mi tele Seytech de 14 pulgadas del mediamarkt... Verdaderamente desasosegante.