Pero tú a mí no me engañas
Estoy en la fábrica de anécdotas. Trabajamos en una planta baja que queda algo por debajo de la calle, en realidad trabajamos en un sótano, pero a Sven le gusta más decir e intentar hacernos creer que se trata de una planta baja. El techo queda a unos tres metros de altura, agujereado por unas claraboyas enormes y encima del techo no hay nada. A mí me gusta pensar que los extraterrestres de la empresa, que son varios, aparcan sus naves espaciales en la azotea del edificio, justo encima de nuestras cabezas. Si me miro a mi compañera, que definitivamente es uno de ellos, y me la imagino con su casco, montada en su nave espacial, despidiéndose agitando la mano al tiempo que se baja la compuerta de cristal de la cabina de mando, me parece definitivamente una de las imágenes más realistas que se me puedan ocurrir hoy. Hace un rato me ha preguntado si me podía contar una anécdota, "¿Es corta?" le he preguntado yo "Aix Leni... cómo eres...", "Mira, ¿sabes qué?, mejor no me cuentes nada, mejor me llevas a dar una vuelta cuando salgamos de aquí y quedamos en paz. ¿Qué tardaríamos en llegar al pingüinario de Olafsjodour? ¿diez, cinco, tres, un minuto?". "Ahora no te entiendo", me dice ella, se hace la loca. Pero a mí no me engaña: "Puede que tengas engañado a Sven, al imbécil de tu marido, al gilipollas de tu profesor de pilates, al panadero del barrio, a los gitanos de la esquina, a los traperos que pasan de madrugada, pero a mí no me engañas. Si no me quieres llevar de paseo en tu nave espacial es otra cosa ¡Pero a mí no me engañas!". Es tal su desconcierto después de escuchar lo que le he dicho, que me veo obligado a decirle que lo olvide, que no me haga caso, que anoche dormí mal, que me peleé con Coral, con la coneja, con la vecina del quinto, que no, que no me haga caso, que se olvide del asunto, que todos tenemos derecho a tener un mal día.