Para todo lo demás
Estoy en el supermercado, he comprado levadura, harina, media docena de huevos, chocolate para postres, lubricante para después de los postres y un manojo de zanahorias. Pretendo hacer una tarta, pretendo también otras cosas que no cuento. Hay mucha gente hoy, se agolpan todos en una sola cola con desespero de amenaza nuclear: Mañana empieza el puente. Una chica me pregunta si la dejo pasar, sólo llevo una pila, me dice. No, tengo prisa. Deje pasar a la pobre chica hombre, que sólo lleva una pila, esto lo dice el abuelo que viene detrás, parece que le va algo en el asunto. ¡A ver, que levanten la mano todos los que lleven una sola cosa, que aquí el abuelo les cede gentilmente su lugar! No, no, no y no. Hoy no, lo tengo decidido. La cola avanza penosamente hasta que finalmente llega mi turno. La cajera acomoda mis productos, piii, lo hace muy bien, piii, se llama Silvia, piii y no falla una, piii piii piii, me mira con carita rara mientras busca el código de barras del lubricante, Silvita Silvita... como si no supieras lo que es; 15 euros con 26, carai... pago la cuenta y al ir a salir... ti-ti-ti-ti-ti: el arco delator. Debería de estar tranquilo porque juraría que esta vez todo lo que me llevé pretendía pagarlo, pero siempre queda esa duda, ese punto de incertidumbre, esa culpa latente que no nos abandonará jamás. La chica de la pila me mira, el viejo defensor de las chicas que sólo llevan una pila me mira, la cajera de nombre Silvia me mira, el segurata me mira mientras se acerca. Grandísima expectación. Quítese la chaqueta por favor y vuelva a pasar, me dice el segurata. Me quito la chaqueta y vuelvo a pasar, ti-ti-ti-ti-ti. Bien, la chaqueta no es. Le hago ver que pueden ser varias cosas, puedo llevar una bombilla de 40 vatios en el bolsillo de la camisa, un paquete de salvaslips en el pantalón, y un paquete de galletas príncipe escondido en la chaqueta. No dice nada, su boca no dice nada, su cara dice que me perdona la vida. Gracias. Pasa la chaqueta sola por el arco detector, la chaqueta no pita. La chaqueta no es, repite. Puede que sean los pantalones. ¿Son nuevos?, puede que todavía lleven la etiqueta. Me miro los pantalones escéptico, están muy lejos de ser nuevos, me imagino esa etiqueta esperando durante cuatro o cinco años agazapada el momento justo para hacerme pasar el mal rato que me está haciendo pasar hoy. No creo. Voy a desmagnetizarle. Suena amenazante. Me desmagnetiza restregándome el aparato desmagnetizador, vuelvo a atravesar el arco presumiblemente desmagnetizado, ti-ti-ti-ti-ti, otra vez, me encojo de hombros. Bueno... entonces esto ya sólo puede ser una cosa, dice la cajera. Acérquese señor. Me acerco, estoy hecho una marioneta, no paro de hacer lo que me dicen que haga. Me acerca el lector de códigos de barras a la cara. Abra bien los ojos. ¿Está usted segura? Asiente, me lo pasa por la pupila, piiii, se mira la pantallita. Es lo que sospechaba, dice, tiene usted una deuda contraída consigo mismo bastante considerable. Me vuelvo a encoger de hombros. O acaso cree usted que ha hecho en todos los aspectos de su vida todo lo más que podría haber hecho. Me encojo de hombros una vez más. Revise sus actos, concluye. Joder.... Me miro a la chica de la pila, me miro al abuelito justiciero, me miro la cola que da la vuelta ya por el estante del agua mineral, me miro con un desasosiego infinito ese montón de impaciencia creciente y puesta en fila y esa deuda imposible de asumir en la pantallita de la caja registradora.