La fiesta de las glándulas mamarias
A las ocho de la mañana enfrente del colegio electoral la democracia no parece el mejor de los sistemas a juzgar por las caras de fastidio de la gente allí congregada. Nos van llamando muy lentamente hasta que finalmente llega nuestro turno “¿mesa 100 B?” y pasamos hacia dentro. Soy el suplente del primer vocal, y por fortuna el primer vocal ha venido, se trata de una chica de unos cuarenta con el pelo estropajoso y la mirada enturbiada por la sombra de un desequilibrio que se me antoja considerable. La segunda vocal ya es toda otra cosa, Ana Moralejo, se llama, guapita de cara, muy bien escotada, no llega a 30, braguitas rojas asomando por la parte trasera de sus tejanos, brilla en medio de tanto hastío, brilla mucho, levanto la mirada incrédulo como soy, pero ningún foco la ilumina, se diría pues que brilla con luz propia y su brillo me hace reconciliar con la democracia, con las mañanas de domingo y con la familia y yo qué sé con qué de cosas más. De repente me imagino arrodillado ante la chica estropajosa suplicándole que me ceda por favor el puesto de primer vocal, me imagino compartiendo todo un domingo electoral con Ana Moralejo, intimando, haciéndome el simpático: "tengo una coneja en casa, si quieres la voy a buscar y la meto dentro de la urna, facilitaría el recuento, le gusta mucho el papel, se comería todas las papeletas...". Mi imaginación es poderosa, mi cabecita no para jamás y me veo en un futuro no muy lejano, dentro de cuatro años, entrando a votar de bracito con Ana Moralejo, con un cochecito con un bebé adorable en la otra mano, con una tercera mano sujetando a otro niño no menos adorable de tres años, con la correa de nuestro cocker spaniel en la cuarta mano; estamos casados, ya no vivimos en Barcelona, tenemos una casita en el campo con un Pony en el establo y conejos: Lenis, muchas muchas Lenis que se multiplican al ritmo que se multiplica nuestra felicidad; vivimos en un pueblecito pero no nos hemos querido empadronar para poder seguir acudiendo a votar al colegio electoral en el que nos conocimos, y para poder pasar al salir por enfrente de la que fue mi casa y poder decirle a Ana, “mira, aquí vivía yo, aquí me entró a robar un día un Rumano”… Y Coral, Coral, ¿Coral? Qué más dará Coral, ¿pero alguien se acuerda de Coral? Sinceramente, qué vergüenza la de ratas que mueren todos los días a manos de la industria cosmética y más si lo enfrentamos a lo poco que se invierte en general en estudiar el poder de un buen escote.