Taxidermia III
Cuando el taxista la llama para decirle que la cena está lista, la taxidermista está trabajando en el sótano con su mascota, un bull terrier que murió hace tres semanas de un empacho tras colarse en el comedor y comerse el brazo de la tía abuela en un descuido; “ya va, ya va, joder, ya va…”. El taxista, al ver que ella no termina de venir nunca, baja los dieciséis escalones que le separan de su mujer para que suba y contempla el resultado de su trabajo. Le parece que le ha dejado una expresión demasiado fiera para lo manso que era el animal y trata de imaginarse qué expresión escogerá para él su señora cuando por fin llegue su hora. Piensa, por como lo trata, que seguramente le inmortalice con carita atolondrada, y se la imagina mirándose con menosprecio su figura disecada al terminar y diciéndole por lo bajo, “hay que ver la cara de gilipollas que se te ha quedado”.