El talento de los demás
Hubo una época en la que tocaba el chelo y ese hecho parecía ser mucho más importante para el resto del mundo que para mí. Había grandes esperanzas depositadas en mí como chelista, parecía que mi chelo y yo podíamos salvar poco menos que a la humanidad. Y todos me insistían en que eso era lo que tenía que hacer, tocar el chelo, que no lo dejara, como si no existieran otros chelistas, como si mi chelo fuera el único chelo del mundo, como si no hubiera tiendas en las que la gente se pudiera comprar sus propios chelos o profesores con los que aprender u horas perdidas que dedicar a su estudio. Porque el talento, si es que existe, yo tampoco lo tenía, y era en verdad triste escucharme tocar y no hacía falta ser un gran entendido para ver que aquello no iba a ninguna parte. Y encima de lo mediocre que era tenía que cargar con el peso de toda esa gente que no supe entender jamás qué les iba en el asunto y por qué no iban ellos a la tienda de la esquina y se aplicaban con su propio chelo en intentar conseguir lo que fuera que de mí esperaran.