Laberintos
El gusano diminuto se perdió en la inmensidad de una pequeñísima pera de San Juan. El movimiento de rotación, unido al movimiento de traslación del continente y del contenido, unido a lo perturbador de su sabor incomparable, multiplicado por la ansiedad propia del que come tan exquisito manjar por primera vez, acabaron por desorientarle. Perdida toda referencia y saciado su apetito, vagó por las galerías del laberinto que inconscientemente él mismo había trazado y se desesperó y sufrió y hasta lloró lágrimas dulces con regusto a pera y, por no saberse dentro de un cuento, pensó que jamás encontraría la salida. Pero después de mucho reptar le recibió la oscuridad no menos oscura de una galería llena de pequeños restos de comida que custodiaba lo que le pareció una hormiga. Estás en un hormiguero, le confirmó la hormiga, un hormiguero es el laberinto en el que vivimos las hormigas y del que yo no sé salir, porque yo no tengo que salir, yo sólo tengo que custodiar la despensa. Y así, sin recibir más indicaciones, se despidió el gusano para perderse en la todavía más inmensa inmensidad del hormiguero; deambulando por intrincadas galerías que convergían en otras galerías si no iguales muy parecidas; cruzándose con mil hormigas o quién sabe si mil veces con la misma hormiga, hasta que, tras dar con lo que él tomó por una salida, se topó con un topo. Soy el señor topo, bienvenido a mi casa, bienvenido a mi laberinto, le dijo. Vencido por el desánimo e incapaz de afrontar por sí mismo esa nueva empresa, el gusano se agarró al pelaje áspero del topo en un descuido y consiguió encaramarse a su lomo y así cruzar unas galerías que se le antojaron descomunales, faraónicas, quilométricas. Las primeras trazas de tenue luz le cegaron derribándole del animal y recorrió reptando un último tramo que se le hizo eterno y que desembocaba en el nacimiento de la galería subterránea, oculto entre los setos de lo que parecía ser un jardín. Sin necesidad de cruzar los setos para salir al camino de tierra, el gusanito, que había leído algunos libros, supo que se encontraba de nuevo en un laberinto: que venía de un laberinto dentro de un laberinto dentro de un laberinto que desembocaba en otro laberinto: una casa dentro de una casa dentro de una casa dentro del laberinto de una casa, sospechando, ya sí, si no se encontraría quizá dentro de un cuento que seguro que Borges había escrito mucho antes y mucho mejor, o quién sabe si dentro del laberinto del jardín de la casa del propio escritor.