Un conejo
Os voy a regalar un consejo hoy que me siento generoso. Me ocurre, consejo al margen, que siempre que leo la palabra consejo no puedo evitar pensar en conejos, así que, ahora que os voy a regalar un consejo, tengo la sensación, cuando me releo, de estaros regalando un conejo. Estaría bien, quizás otro día, porque hoy lo que os quiero regalar es un consejo con su ce, sus oes, su ene, su e, su jota, y lo que es más importante: su ese. Y es éste: Jamás descartéis el malentendido. La mayoría de cosas se tuercen por culpa de los malentendidos, cuanto mayor sea el proyecto más ridículo será el malentendido que acabe con él. Normalmente jamás llegaremos a esclarecer la naturaleza del entuerto, porque los malentendidos y el maldito orgullo se entienden entre sí la mar de bien, lo cual de algún modo no se entiende, pero si objetivamente no somos conscientes de haber obrado mal, podemos poner la mano en el fuego que lo que hundió el proyecto fue un malentendido. Por otro lado, son dignos de coleccionista los grandes malentendidos que se encargan de hundir los proyectos más nimios, con sus increíbles florituras, pero lo que en verdad se echa en falta es algún que otro malentendido que nos libere de muchas cosas que no van a ninguna parte y que tristemente languidecen sin encontrar el malentendido que acabe con ellas de una vez.