Distraerse con el vuelo de 43 moscas
Empecé bien la mañana: “Tendrías que dejar de contar chorradas Len, enfréntate de una vez a los grandes temas o nos hundimos”. Mensaje en el contestador de Dennis Lima, mi editor. He entrado en el estudio, de pie en el umbral de la habitación he contemplado el escritorio IKEA con su montaje imperfecto, el portátil Beep en el centro geométrico, perfectamente alineado con las aristas de la mesa, eso sí. Manías de gran creador; quizás un MacBook Pro y un escritorio de roble de estilo victoriano facilitarían las cosas. Me ha invadido la tristeza; quizás sea imposible hablar sobre la vida y la muerte sentado en una silla IKEA de 8 euros con 95... ¿Excusas? Quizás. He aplazado el momento de enfrentarme a mis miserias con mis miserias: he navegado un rato por esa ciénaga temporal que es internet -ni sé los minutos que se esfumaron en el lodazal de unos y ceros hasta que me autosatisfice-, he salido a regar el níspero, luego me he tumbado en el sofá y Leni ha venido a mi encuentro, he malogrado 20 minutos más acariciándole la barbilla, tiene una suerte de botón ahí que la desactiva, le he premiado su docilidad con un tomate y una zanahoria y he vuelto al estudio. He pensado que no, que todavía no, y he abierto el cajón del escritorio y he sacado el CD de delfines y ballenas y la cajita de las moscas. He puesto el CD: ruiditos raros, una grandísima patraña, me he sentado en el sillón, he llamado a Leni pero no ha querido venir, no puedo competir con un tomate y una zanahoria. Más tristeza. He soltado las moscas. En la caja ponía que había 45, he estado un buen rato distraído con sus trayectorias angulosas, distraído con el vuelo de 43 moscas, porque para mí que sólo había 43, porque todo son embustes, ya no queda gente tan honrada como Lenisio Dimas cuyo único embuste es su pseudoliteratura insustancial e inofensiva. Después de malbaratar 30 minutos más intentando encontrar la fórmula matemática que describiera su vuelo aparentemente caprichoso, he dejado a las 43 moscas revoloteando en el centro mismo de la estancia y me he sentado enfrente del portátil. Ahora sí. He aquí la existencia humana, mi existencia. ¿Es esto, Dennis, sobre lo que tengo que hablar?