Primera novela minimalista
Dennis Lima, mi editor, ha rechazado mi último manuscrito. Se lo pasé el martes a las tres y me lo devolvió ese mismo día media hora más tarde lleno de tachones, con enérgicos trazos que denotaban un arrebato creciente. Llamaron al timbre. Era él. Abrí la puerta de mi casa para encontrarme su mirada de perro rabioso y siete años de trabajo esparcidos por el rellano. Situaba yo la acción de la novela en mi casa, un domingo por la mañana, en el baño concretamente, en verdad en ningún momento se decía que el protagonista fuera yo ni que la casa fuera mi casa, ni que la acción transcurriera en el baño; estuve tentado de hacer aparecer a Coral y al señor conejo, y hasta un desayuno frugal implícito previo a una discusión igualmente implícita pero me pareció que era contar demasiado. Porque de hecho todo era implícito en mi novela minimalista, porque en las 683 páginas de la obra lo único que ocurría era que el protagonista pasaba de estar erguido a sentarse en la taza del wáter. Había grandes explicaciones sobre todos los procesos mentales, siempre en un plano estrictamente físico, claro está, no se reflexionaba en ningún momento sobre cuáles eran los motivos que lo llevaban a consumar tal acción, para nada el personaje se enfrentaba a su imagen en el espejo para decir que no se reconocía y esas paparruchadas tan propias de la alta literatura, no. Era la belleza de la coordinación y del movimiento de cada uno de los diminutos músculos que intervenían en la acción, toda reflexión quedaba al margen, bellísimas y transparentes metáforas sobre el trabajo de la más abstrusa de las neuronas, eso sí; incluso la salivación, que podría parecer que para sentarnos no tendría tampoco más importancia, merecía en el libro tres capítulos de un buen gusto mareante. Contemplo mi novela desparramada por el suelo y me voy mentalizando, ahora toca escalar de nuevo la montaña de la más bella creación, buscar nuevas ideas tan brillantes como esa, invertir años en plasmarlas en el papel y esperar luego a que se ajusten a los caprichosos gustos de Den. No somos nada.