Reza, tú reza, maldita
El cumpleaños de la tía abuela. Una tarta en llamas. 120 o 130 años, imposible contar las velas desde mi posición. Me pusieron en un extremo, en la mesa de los niños. Después de mucho negociar el sobrinito me dejó su plastilina y le hice un pingüino verde que no se merecía. 30 segundos le duró. Los niños jugaban con los móviles, todo les parecía malo: “el jamón sabe a porquería” decían. Al cabo de una hora se habían ido todos, me quedé sólo con el sobrinito y el padre del sobrinito, nos hicieron sitio entonces en la mesa de los mayores. Qué bien. La tía abuela decía que había ido a la peluquería, que había una peluquera toda tatuada y con aros en la nariz y en las cejas, que mientras aguardaba su turno rezaba: “que no me toque esa, que no me toque esa…”, y le tocó. 120 o 130 años rezando y ni cosas tan pequeñitas como esa le conceden a uno. No sé a ella, pero a mí me dio que pensar.