Second Second balcony jump
Un par de desengaños tontos me llevaron a tomar la firme determinación de saltar por la ventana. Estuve ensayando ingeniosas notas de despedida para Coral, nada que me convenciera al fin y al cabo. Me decanté por un lacónico “no me esperes a cenar”, pegué la nota a la nevera y salté por la ventana de nuestro segundo piso. El toldo de los del primero amortiguó mi caída y quedé a merced de su pequinés que siempre me tuvo muchas ganas. En un primer instante pensé que quizá me había salvado, y llevado por la euforia del momento mi reacción se me apareció como infantil y ridícula; pero enredado en los restos del toldo hecho jirones, pronto caí en la cuenta de que el infierno muy bien podía ser eso: un pequinés rabioso mordisqueándote los tobillos eternamente.