Desde la ventana que no tengo
Desde la ventana de mi despacho, porque hoy me da por decir que tengo un despacho y que mi despacho tiene una ventana, veo la pared de ladrillos del patio de luces. Puedo pasarme horas recorriendo su geografía, poniendo nombre a sus accidentes: ¿veis ese ladrillo que falta por ahí? ¡es el Ojo de la Oquedad!, ¿y los tres ladrillos agrupados de un rosa más intenso? ¡conforman el Triángulo de los Patucos!; y así, inventando y olvidando nombres con fingido entusiasmo, se me escurren los días que ni me entero. Cualquier pasatiempo será mejor que la dudosa aritmética de las noticias, ese sumatorio de cadáveres al que parece reducirse todo, unas sumas de las que ni me fío ni me interesan. Porque resulta que la cifra de muertos siempre es una cifra redonda: han muerto 25.000 personas en la guerra civil de Suiza, 75.000 en el maremoto del estanque de Banyoles, ¡1.000.000 en la guerra de la Coca-cola! ¿Pero esto cómo va a ser así? ¿acaso es lo mismo que mueran 25.000 personas a que mueran 27.221? ¿qué pasa con esas 2.221 personas que faltan? ¿se acordaron de mi abuelo el miliciano? ¿era de los 25.000 o de los 2.221? Cómo saberlo. Exijo un poco de rigor, por favor, con las ganas que tuvimos todos siempre de salir en las noticias. Hace tiempo que he perdido el interés por lo que ocurre en el mundo, os habréis fijado que nunca mis reflexiones guardan relación alguna con la actualidad, vivo sumido en mi microcosmos de mentiras y fantasías tropicales y únicamente estoy al tanto de lo que ocurre en mi escalera de vecinos por algún rumor suelto que me llega a través del patio de luces.