Hipnosis del conejo enano (y III)
El déficit de atención del conejo enano es fácilmente comprensible si consideramos lo extremadamente desarrollado de algunos de sus sentidos. Si me leen en alto cojan aire que la frase es larga y fue grande la pereza que me dio puntuarla: Que el golpeteo de las patitas de una araña contra el gres en su transitar por debajo del sofá pueda ser percibido por un conejo con la misma intensidad que nosotros percibiríamos el percutir de un martillo neumático en las obras del AVE un domingo de resaca en Sants a las 6 de la mañana nos puede dar una idea de lo que puede ser vivir permanentemente con ese ay. Es por este motivo, por la facilidad con la que se nos distrae el bicho, que para la correcta hipnosis del conejo enano nos harán falta no menos de seis personas bien entrenadas a tal efecto. Para conseguir centrar la atención del animal, uno de los hipnotizadores deberá agarrarlo con mimo por la grupa; simultáneamente, el hipnotizador número dos le acariciará la cabeza con leves movimientos circulares en el sentido de las agujas del reloj al tiempo que le susurra al oído pícaras coqueterías. El tercer hipnotizador será el encargado de hacer pinza con el índice y el pulgar entre el hocico del animal y su barbilla: encontrar la presión justa que permita limitar el permanente olfatear del conejo y evitar así que se nos distraiga por ejemplo con el olor a fritanga del bar de tapas de la esquina y a la vez conseguir que no se nos muera asfixiado, constituye una de las más bellas formas de arte de todo el proceso. Más complicada todavía es la tarea del cuarto y quinto hipnotizadores, pues es grande la sincronía que requiere su cometido: situados uno a cada lado del animal y equipados con péndulos con cadena de oro blanco y masas helicoidales de cuarzo hematoideo talladas a mano por los mejores artesanos chinos, los hipnotizadores harán balancearse los péndulos simultáneamente y a una distancia de los ojos no superior a los 26 centímetros y no inferior a los 25 de forma que el péndulo del ojo derecho y el del ojo izquierdo se balanceen en sentidos opuestos para encontrarse frente a frente sobre la vertical exacta de sus cadenas en una o tres de cada siete oscilaciones. El último de los hipnotizadores, pasados 35 minutos de precisos balanceos, y si todos los pasos se siguieron escrupulosamente y si somos tan afortunados que encima el conejo resulta que tenía un buen día, es el encargado de decir la frase: “ahora contaré hasta tres y cuando diga tres te despertarás en medio del caprabo de la esquina” o lo que sea, porque no sé yo si hay en mi barrio tantas esquinas para tantas cosas como suelo poner en ellas. Entonces el conejo, liberado ya de los seis hipnotizadores y si las medidas de la sala lo permiten, describirá unas trayectorias que muy bien se podrían interpretar como nerviosas carreras entre los distintos pasillos del supermercado a la búsqueda de la verdulería. Carreras que no podremos evitar que los más escépticos interpreten como de alivio y de desahogo después del toqueteo de tanto iluminado.