Presidir lo que sea
Me he hecho sindicalista. Algunos quisieron ver en mi decisión un cierto afán de notoriead, pero lo que en verdad ocurrió es que alguien me dijo un día firma aquí y yo firmé aquí y eso fue todo. Lo cierto es que por no saber no sabía ni a qué sindicato me afiliaba. Ahora ya lo sé, me lo dijeron el otro día, “tu grupo en pleno ha dimitido. Sólo quedas tú y eres el nuevo presidente”. Sé que eran tres o cuatro letras de nada, pero ya no me acuerdo. Ayer tuve una reunión con la cúpula de la fábrica de anécdotas, no tenía ni idea de cuáles eran los temas a tratar porque mi desinterés por todas las cosas en general es grande. Sin embargo, de camino al despacho de Sven y de Aaro, cogí unos papeles que algún empleado de la fábrica de anécdotas había olvidado recoger de la impresora porque me pareció que vestían mucho enrollados como en un tubito y subí con la secretaria del comité. Aaro y Sven nos esperaban sentados, comprimiendo los labios por toda salutación. Comprimí los labios yo también y golpeé la mesa suavemente con el canutillo. Empezaron con su palabrería; estos chicos se expresan muy bien, pensé: sonrisitas por aquí, fruncimiento de ceño por allá, ahora te hipnotizo con el movimiento de mis manos, muy muy bien. Bravo. Ellos eran los mejores, eso seguro, pero el motivo de la reunión no se terminaba de entender, no quedaba claro a qué venía todo ese jabón, todas esas flores hacia su maravillosa forma de manejar la empresa. Cuando escuché lo mismo por quinta vez perdí definitivamente el interés. Empecé a fijarme en las arrugas en la frente de Sven haciendo catalejo con los papeles enrollados: tensión/reposo/tensión/reposo. En la tensión se le formaban cinco líneas perfectas, unos surcos profundos que milagrosamente desaparecían por completo al relajar el gesto, “qué piel tan elástica Sven, qué envidia”; de Aaro me llamó mucho la atención el blanco amarillo de sus ojos, si le mirabas fijo, el amarillo se salía del blanco como pintado por un niño torpe y se apoderaba lentamente de la sala: amarillo en la pintura verde, amarillo en la jarra de agua, amarillo en los surcos de la frente de Sven, amarillo, amarillo, amarillo… Hubo un momento muy amarillo en el que todos me miraron, no sé cuánto tiempo tardaría en darme cuenta, un minuto, puede que dos, era mi momento, esperaban algo de mí, que dijera alguna cosa; aparté de mi ojo izquierdo el canutillo de hojas, lo desenrollé y empecé a pasar páginas parsimoniosamente, recetas caseras: pollo al limón, pastelillos de boniato y almendra, qué ricura… estuve así un buen rato, pasando páginas haciéndome el interesante, como buscando algo, hasta que finalmente dije: “Sven, Aaro, qué más dará lo que yo diga, si total al final, con esta palabrería hipnótica que gastáis, terminaréis haciendo lo que os dé la gana como siempre. Además, hace mucha hambre ¿no? ¿por qué no lo dejamos para otro día y nos vamos a comer?”