Con un 4% de plátano
Me gusta la gente que intenta contar cosas, creo que es algo que está muy bien, pero a mí mejor que no me las cuenten. He pensado esto mientras cogía un plátano del frutero y pensaba: “un trozo para mí y otro trozo para Len y pienso dos cosas a la vez que con esta ya son tres”; a Len le encantan los plátanos, a mí también, pero mucho más que los plátanos me gusta hacerla rabiar, me gusta pelar el plátano y hacer como si no estuviera pasando nada, como si en realidad me estuviera cosiendo un botón de la camisa, como si no hubiera tal plátano, como si no hubiera tal conejo, como si la cosa no fuera con ella ni con el plátano ni conmigo, y así sigo la comedia un buen rato haciendo como que ni la veo hasta que consigo que se ponga a zumbar y a golpear el suelo con sus patas traseras. Entonces es cuando le doy el plátano, un trocito sólo, y el ruido de Len comiendo plátano, eso ya sí que es mucho mejor que todo lo anterior: una pura delicia. Pero todo esto es de lo más normal, es un postre normal, una escena de postre en casa de los Dimas, lo que no es tan normal es pelar un plátano y que dentro haya otro plátano más chico y dentro del plátano más chico otro más chico todavía, y todavía otros tres plátanos más cada vez más y más chicos y el siguiente extrañamente más grande que el anterior pero apretado, como caprichosamente encajado a presión por la madre naturaleza, y dentro de ese otro otra vez otro más pequeño y dentro del siguiente la pera de San Juan.