14/01/2013
He escuchado mucho por ahí que querer es poder, yo quise ayer viajar en el tiempo y pude. Así de fácil hasta en tiempos así de difíciles. Me dijeron que el que se encarga de estas cuestiones es un tipo al que le gustan mucho los conejos y las mujeres, me pedía a Coral y a Leni a cambio de un viaje fugaz en el tiempo. Intenté salvar el pellejo de Leni ofreciéndole sólo a Coral, "Todo es negociable", me dijo, pero al final el trato fue el inverso: Leni a cambio de un minuto en el año 2013. Y eso que yo quería lo que quería, pero bueno, excepciones. Luego me dio a elegir la fecha y dije que el 14 de enero por decir algo. Me explicó que viajaría en el tiempo hasta esa fecha y que el viaje sería puramente cibernético, esto es, un minuto en un habitáculo con una mesa, una silla y un ordenador con conexión a Internet en el que me estaría permitido acceder únicamente a dos direcciones electrónicas. Suficiente. Me condujo por un pasillo muy intrincado hasta una puerta en la que un folio pegado con celo y escrito en Comic Sans de cuerpo grande rezaba: 14/01/2013, “Es aquí, ya lo ve. Un minuto, dos direcciones y el conejo, claro”. Metí el meñique por la rejilla del transportín para acariciarle el hocico a Leni como única despedida y saldé mi deuda antes de entrar en la habitación. Me senté a la mesa, el ordenador tenía una cuenta atrás con un reloj gordote en la esquina superior izquierda, muy de peli de ciencia ficción antigua, algo angustiante. Quise introducir la dirección de raramente para saber, en estos tiempos difíciles en los que cuesta crear y creer, si sería capaz de llevar a cabo mi proyecto hasta el final, para saber a cuánto puedo vender mi palabra en adelante; pero qué nervios oye, qué manera de fallar letras, y el reloj venga a retroceder. Al final conseguí meterme en raramente que me quedaban 10 segundos y me inquietó ver que la última anotación publicada databa del 27 de julio del 2008. Me quedé petrificado, preocupadísimo: o definitivamente me quedé sin ideas o es que me muero pronto, pensé. Golpecitos en la puerta, “Se acabó su tiempo señor Dimas”. Salí, “¿Todo bien? ¿Le gustó lo que vio? ¿Encontró lo que buscaba?”, “Más o menos más o menos. ¿Sí le cuento lo que vi me devuelve el conejo?”. “Depende”. “Pues... hay que ver lo gordo que se puso Messi” acerté a improvisar.