Grasa de cerda
De vuelta a casa, en el buzón, una nota para ir a recoger un paquete a Correos. El viaje ha sido largo pero ha merecido la pena, el espejo del recibidor la recibe con algo así como una figura estilizada, por lo menos a ella se lo parece, a mí no, a mí me parece una figura de lo más extraña, casi amorfa: una cintura de abeja que sostiene un tórax de gladiador, pero yo no soy nadie, yo no soy más que el narrador, a mí nadie me preguntó nada. Decide que irá primero a comprar y que de camino a casa pasará por la oficina de Correos a recoger lo que sea que tenga que recoger. Ha comprado chuletas de cerdo, un cubo transparente con cortezas de cerdo, choricitos y morcillas y otras delicias extraídas también del cerdo; le hicieron pasar verdadera hambre en la clínica de Bogotá. La Coca-cola de dos litros la hace dudar, está buscando el cerdo de entre sus ingredientes cuando repara en el paquete de Correos que reposa sobre el mármol de la cocina; deja la Coca-cola en la nevera y abre el paquete: viene de Bogotá, son los cinco quilos de grasa que le extrajeron en la clínica metidos en un tarro de cristal; descuelga la sartén del soporte, la coloca en la vitro y pone el fuego al seis, saca una cuchara del cajón de las cucharas, abre el tarro, mete la cuchara dentro, unta la paella con su grasa y cuando la cosa empieza a chisporrotear pone a freír tres choricitos, una morcilla y un par de chuletas de cerdo.