Por no acabar el mes en par III
Me sacaron de la cama con palos y antorchas. Su aburrimiento debía de ser máximo para que a mi tío se le ocurriera buscar mi nombre en el ciberespacio, dio conmigo y lo que vio no le gustó nada. Andaba persiguiendo el sueño con unos versos de Pemán cuando echaron la puerta abajo. Fueron entrando todos a nuestra habitación, no faltaba nadie, estaba hasta la tía abuela en su silla de ruedas con una horca de los pastorets caída en el regazo. "¡Menuda sorpresa! ¡No os esperaba! ¿Queréis tomar algo?", la cortesía, que no falte, qué más da la hora que sea. "¡Tú cállate imbécil!", mi tío, con una antorcha en la mano, liderando la manada de los Dimas, "¿Se puede saber qué coño haces escribiendo en castellano?". "Trata de comprenderme, el concurso era en Málaga, mandar los cuentos en catalán me hubiera complicado mucho las cosas" yo, incorporándome, buscando entre sombras mis babuchas. Encima de la mesilla de noche había una cajita de las moscas: "Moscas verdes de los estercoleros de Albacete", mi tío la cogió y tras leer la inscripción la tiró al suelo, la pisoteó, se oyó un crujir de vísceras pequeñitas, que es un crujir raro de oír, "¡Los concursos de la tierra no te los acabarías zángano!". Me quitó el libro de Pemán de las manos, le prendió fuego con la antorcha y lo estampó contra las cortinas de IKEA que por suerte no prendieron debido a la escasa calidad de los materiales. "Y esto es sólo una advertencia, mendrugo, deja de ensuciar nuestro apellido inmaculado o te mandaremos a recoger aceitunas a la masía del yayo en las Borges Blanques”. Entonces hizo un gesto casi imperceptible con la ceja derecha, salió de la habitación y mis 48 familiares le siguieron mirándome con desdén. Todos salvo mi madre que se quedó rezagada a propósito: "Te he traído un tupper de butifarra con secas y otro con un poco de bacalao con chanfaina", "ya he cenado mami", "Pues lo guardas en la nevera y te lo comes mañana a la hora de comer". Me dio dos besitos y se marchó apesadumbrada. Las madres. Me senté en la cama meditabundo, me imaginé vareando los olivares del abuelo y no me pareció tan mala idea. Y así me quedé un buen rato, recogiendo aceitunas de pensamiento hasta que Coral se desperezó de su sueño profundo: "¿Qué te pasa Len, no puedes dormir? ¿No hueles como a quemado?".