Desmontando a Leni
El reloj que le regalé a Coral hace 23 años atrasa un poco, pierde 3 minutos y 57 segundos cada día del mundo por lo que si no lo pones en hora a diario, sólo da la hora correcta una vez al año. Anoche, de vuelta de la fábrica de anécdotas, me encontré a Coral desmontando el reloj sobre la mesa del comedor: Creo que ya sé lo que ocurre, me dijo, a uno de los engranajes le sobran dos dientes, por eso los segundos que cuenta son un poco más largos de lo normal. A la mañana siguiente seguía allí con sus destornilladores, rodeada de montoncitos de piezas diminutas, me fui a trabajar con la duda de si se había levantado muy temprano o no se había llegado a acostar. Al volver del trabajo Coral estaba sentada en el suelo del salón y había empezado a desmontar la tele, había quitado ya la carcasa y los tornillos más gordos, no quise preguntarle qué era lo que fallaba de tan enfrascada en el asunto como la vi; me acosté que ella todavía no había cenado nada. Al despertarme por la mañana casi me abro la cabeza al tropezar con una montaña de piezas que había en medio del pasillo, menuda bronca que me cayó, Coral me dijo a gritos blandiendo su destornillador que me anduviera con más cuidado, que a ver si le iba a mezclar las piezas de la lavadora con las del ordenador; empecé a preocuparme un poco. Por la tarde me encontré a Leni en el descansillo descabezando un sueñecito dentro de la carcasa del microondas y ya casi no quedaba nada por desmontar: no me hizo falta la llave, había quitado las bisagras de la puerta y la cerradura estaba desmontada encima del sofá junto a las patas del mismo, tres móviles y dos cámaras fotográficas destripadas, y otros aparatos menores que no supe identificar. Cuando a las dos de la madrugada Coral desatornilló el último tornillo de la última estantería del último rincón de la última estancia de la casa, dijo que se sentía muy cansada y nos acostamos los dos, afligido mi pensamiento por mil y un desvelos. Me costó, pero me estaba soñando finalmente —tratándome de montar a mí mismo, desmontado como estaba en pequeñas piezas que no había forma de encajar— cuando noté unas cosquillitas: algo fresquito y duro buscaba algo en las profundidades de mi oreja izquierda, y por más que recé para que así no fuera, era Coral con su destornillador, claro que era ella: desatornillándome insaciable las entrañas.