Por ir poniendo algo
Su forma de arrastrarse me resultó muy familiar. Se presentó en mi casa una noche a eso de las diez, decía venir de correos, decía haber cometido un error, decía haber olvidado cobrarme sesenta euros con dos céntimos de un paquete internacional que había retirado yo de su oficina hacía dos semanas. La presunta empleada de correos me enseñó un papel cuadriculado con unas sumas garabateadas a mano: esto más esto más esto: sesenta euros con dos céntimos, si no los pone usted me tocará ponerlos a mí, eso decía también y parecía en verdad muy a punto de echarse a llorar. Se arrastró tanto y tan bien, con tan admirable ausencia de orgullo o vergüenza, que no pude por más que darle lo que me pedía, pensé que si venía al cabo de tres días con otro papel y otras sumas y otro pretexto ya veríamos, pero que esos sesenta euros con dos céntimos se los había bien ganado. “Suerte que todavía queda gente honrada”, me dijo, “Eso espero” le contesté.