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Me resistía a ponerme tan ridículo como para tener que admitir que sufro un cierto bloqueo, pero es que sufro un cierto bloqueo. Ridículo, lo admito. Me quedé encallado en una anotación que soy incapaz de terminar. Cada día me siento horas y horas frente a la máquina intentando escribir la anotación en la que cuento que he decidido no sentarme más frente a la máquina para desechar definitivamente la posibilidad de que las anotaciones se escriban solas. Reflexiono por ahí sobre las bondades de dar un paso hacia atrás para coger carrerilla, sobre la posibilidad de que jamás hayamos tenido la paciencia suficiente para dejar a la máquina tranquila el tiempo necesario como para que sea ella la que se decida a hacer el trabajo por nosotros, de lo práctico que sería poder perder el tiempo en cualquier otra cosa en vez de tener que andar devanándote la sesera para terminar contándoles las cuatro gilipolleces de siempre a los cuatro gilipollas de siempre. Cuento también, en uno de los más de ochocientos borradores que llevo escritos ya, que es durante el proceso de abandono voluntario de raramente cuando acuden a mi mente las ideas más maravillosas, ideas que lamentablemente en ese momento no puedo escribir y que más tarde, vencido por la evidencia de que actualizar raramente en el navegador no sirve en verdad para actualizar raramente, habré olvidado.