¿Y qué hay de cena?
Por unos asuntos que no vienen al caso me compré un teletransportador en el bazar chino de la esquina. No es por desconfiar, que desconfío y mucho, pero siendo que el aparato es complejo y me costó un euro y medio, creí conveniente hacer una pequeña prueba no fuera a ser que el invento me saliera rana. Así que como no tenía otro ser vivo a mano programé la máquina para que teletransportara a Leni desde su jaula hasta el interior del horno eléctrico. Y bueno, visto lo visto fui adónde tenía que ir e hice lo que tenía que hacer, y de vuelta a casa, Coral estaba tristona y me dijo “tus motivos tendrás pero no sé por qué lo has hecho”, y venga a llorar, y mientras la abrazaba de pura inercia y me preguntaba en qué pomo me dejaría yo la huella dactilar que me delató, no podía parar de pensar en lo bien que olía, olía riquísimo, a conejo al ajillo concretamente.