Segunda Reunión
Como no sabía muy bien de qué hablaba, se valía de sus recursos, me hablaba como empresario, luego como marido, como camarada, raramente lo hacía simplemente como quien era, como Sven Svänstrom. Me ponía ejemplos comparativos de los peor escogidos y se desdoblaba, se desdoblaba mucho, no paraba de desdoblarse: “y ahora no te hablo como Sven” me decía, “ahora te hablo como el jefe despiadado que soy”; y tanto se desdobló que perdí el hilo, una vez más; huí de allí sin moverme: instalada en mi mente la idea de desdoblarme yo también, de dirigirme a él no como el líder sindical que soy sino como el domador de conejos enanos que llevo dentro. Me entraron ganas de ponerle algún ejemplo loco, de descolgarme con un: “tu silencio al respecto de esta cuestión me recuerda aquella vez que mi conejo se atrincheró debajo del sofá sin salir durante más de tres meses, de tal suerte que cuando finalmente asomó la cabeza, yo, que ya no recordaba haber tenido jamás ningún conejo, lo eché de mi piso a escobazos”. Lástima que cuando dejé de hacer volar mi imaginación y aterricé de nuevo en el despacho de Sven, eran tantos ya los Svens allí congregados y el despacho tan pequeño, que preferí no desdoblarme no fuera a ser que no cupiéramos.