We are the robots II
Antes de ir a la comisaría pasé por el bazar chino de la esquina. Ya me conocen, o deberían, porque compro muchas mierdas en su tienda de mierdas de mierda, lo que pasa con los chinos es que nos ven a todos iguales y les cuesta relacionarse justamente porque les cuesta relacionarnos. Tengo unas conferencias en Perú dentro de un par de meses, en Perú me admiran mucho, en Perú saben lo que es bueno, yo admiro mucho a los peruanos por esta capacidad suya de apreciar lo que vendría a ser el arte. Así que me tenía que hacer el pasaporte porque al parecer sólo con mis libros no me dejaban entrar, y como soy como soy me compré una peluca panocha de grandes rulos, una barba de chino de esas finas con el bigote incorporado y un gafonariz y me fui al fotomatón del suburbano a sacarme las fotos para el pasaporte. Ya en la comisaría esperaba que me dijeran que no, que eso no podía ser, que en algún sitio lo decía bien claro, esperaba que se rieran un poco, alegrarles un poco el día, o amargárselo que ya se sabe de esa tendencia que tiene la gente a tomárselo todo a mal. La cuestión es que la chica me dijo firme aquí, cogió la foto, sin tan siquiera mirarla, o mirándola pero sin verla, la pegó en su cartoncito, la escaneó mecánicamente, pasó el pasaporte por la maquinita prensadora, le quitó el sobrante del plastificado y me lo entregó. Creo que mañana o pasado lo pierdo, ya veremos. We are the robots.