Tanatología
Estoy en el cementerio de Collserola, he dejado la motocicleta justo donde arrancaba el caminito de cipreses porque el médico me ha dicho que si puedo mejor que ande un poco, y ando. Ando y llueve, y yo sé que en los cementerios siempre llueve pero no he cogido el chubasquero. Camino por el camino de cipreses con la pala apoyada en el hombro derecho como vi hacer en algún sitio alguna vez o en muchos sitios muchas veces, y estoy empapado pero en el fondo pienso que qué bonita madrugada. Cuando finalmente aparecen las primeras lápidas cuento hasta 123 y decido que cavaré en la lápida que hace 124, y bueno, empiezo a cavar. Hace rato que llueve y es tal el lodazal que se ha formado que me está costando avanzar, porque el fango que saco resbala por los bordes del incipiente agujero y se vuelve a meter dentro dificultándome mucho el trabajo. Después de cavar y cavar, cuando ya estoy por dejarlo, la pala topa con una textura nueva, algo así como una peluca, pelos, cuero cabelludo, lo que podría ser una cabeza, vamos. Recupero el brío con la excitación del momento y en un envite le rebano una oreja al muerto y me sabe mal, y cuando todo el cuerpo queda al descubierto me tumbo exhausto revolcándome en el fango, no por gusto, sino por un cierto sentido cinematográfico, por si hubiera una cámara filmándome desde lo alto del ciprés de al lado. Así tumbado noto una presencia, como un aliento en el cogote, “Len, Len, Len, ¿No me reconoces?”, es el muerto el que susurra, no tiene buen aspecto, “Sí claro, eres el muerto ¿no?”, “claro que soy el muerto, ¿pero no me reconoces? soy Albert Chicote, tu compañero de pupitre de primaria”, “Joder, Albert Chicote, claro claro, ¿qué tal, todo bien? yo bien gracias, joder, ¿qué te ha pasado en la oreja?, joder, qué sorpresa... Albert Chicote...”, “Sí, yo bastante bien también, claro claro, pero de hecho sólo me he despertado un momento para transmitirte el siguiente mensaje: si lo que quieres es desenterrar cadáveres te resultaría más cómodo registrarte en Facebook”.