Reflejos II
Son las siete de la mañana, encima de la mesa del comedor ha aparecido una foto tomada desde la misma mesa, llevaba un buen rato sentado cuando me he dado cuenta. En ella se puede ver mi bol de leche con cereales en primer plano y a la conejita Leni comiendo pienso a los pies de su jaula desde el mismo punto de vista exacto desde el que la estoy viendo comer ahora. Estamos desayunando los dos y mi mirada pasa de los cornflakes a la foto de Leni, de la foto de Leni a Leni y de Leni a los cornflakes y me está costando desperezarme. Trato de encontrar las diferencias: puede que Leni haya engordado algo o puede que simplemente le haya crecido el pelo y abulte en consecuencia un poco más, pequeñas sutilezas en realidad, me llevo otra cucharada de cereales a la boca y pienso que harían falta aparatos de precisión para determinarlo, aparatos de los que ahora mismo no dispongo. Me pregunto si no aparecerá mañana una nueva foto encima de la mesa del comedor en la que se vea además del bol de cornflakes y a Leni, la foto que ahora mismo contemplo. Me pregunto si no puede que aparezca de hoy en adelante una foto distinta cada día, en la que dentro de la foto se vayan viendo día tras día fotos dentro de fotos dentro de fotos. Fotos que serán distintas pero muy parecidas. Hay una foto mía cepillándome los dientes encima del mármol del lavabo, el microscopio, ¡menudo invento!, todo se estropea si se acerca uno lo suficiente, pero la escasa calidad del retrato impide constatar los estropicios del paso del tiempo; me veo reflejado en el espejo con el cepillo en la boca y de mi reflejo paso a mi reflejo en la foto del mármol y entonces cojo la foto del mármol y miro mi reflejo en la foto a través de mi reflejo en el espejo y es una sensación un poco extraña y de algún modo supongo que pienso que me gustaría encontrar en el mármol mañana la foto que ahora mismo teatralmente compongo. En uno de los cristales del autobús alguien ha pegado esta mañana una foto de lo que un día vi desde el centro de la plataforma metálica, no negaré que me suena; también en la fábrica de anécdotas, junto a la pantalla del ordenador, en mi puesto de trabajo, hay una foto de la pantalla del ordenador y de mis manos colocadas sobre el teclado; y en el escaparate de la panadería, y en el autobús que me lleva de vuelta a casa; y sí, para ir cerrando, fotos que me recuerdan que todo me va sonando en todas partes.