Desde mi burbuja
Las paredes de plástico de la botella de agua se han llenado como cada noche de burbujitas, sentado a la mesa del comedor a primera hora de la mañana las uno con un rotulador deleble haciendo dibujitos y me salen sin pretenderlo conejos de hechuras muy variadas. Leni me mira de reojo tumbada en una esquina y es de admirar cómo consigue transmitirme sin decir nada lo poco que le importa lo que yo haga; la veo adormecerse y le grito para que se desperece “Leni! ¿Y si resulta que viene el lobo qué?” se incorpora, se sacude la cabecita y abandona su rincón pesadamente. Borro con un dedo los conejos para unir unas cuantas burbujitas más mientras niego con la cabeza y cuando cierro la figura sobre las dos últimas burbujas me doy cuenta de que me salió un lobo y diría que no lo hice a mala fe. Leni está tumbada ahora en el centro justo de la estancia, veo cómo se le van cerrando los ojitos lentamente hasta quedarse dormida una vez más, “Leni! ¡El lobo! ¿Y qué si viene el lobo?” le grito blandiendo la botella, lo hago por su bien; se incorpora de nuevo, hastiada, y se mete debajo del sofá a salvo, ahora sí, de lobos y otros depredadores. Muy bien Leni muy bien, pero no por eso dejas de ser una presa de pacotilla. Me miro la botella, con tanta agitación me quedé sin burbujitas y encima Leni tardará en salir, vaya, y ahora qué. Hay que ver lo que me aburro.