366
He convocado a mi selecto grupo de lectores, “nos vamos de picnic” les he dicho. Nos ha traído hasta aquí Dennis Lima, mi editor, en su furgoneta, a 20 euros por cabeza; y con el posteo 366 al frente de la comitiva y unos dos kilos seiscientos gramos de contrariedad detrás hemos echado a andar. En mi destierro hay arena, un coco y un pájaro muerto. Y el posteo 366 echa la vista atrás y el posteo 365 se ve pequeñito, y el 364 más pequeñito todavía, y Leni olisqueando el pájaro muerto le afea la escena, y el 363 es una hormiguita, y el 362 ya sólo se intuye, está ahí porque tiene que estar ahí, porque él sabe que para poder ser el 366 tiene que haber habido antes un 365, y un 150 y un 73, y hasta un número 1, por raro que ahora le parezca. Pero de tan pequeñitos ni se ven; y si mira al frente, le cuesta imaginarse que haya después de él otro posteo más; achina los ojos y otea el horizonte buscando indicios de lo que pudiera ser el posteo 367, pero al frente no hay nada, nada más que polvo-arena-y-vacío; y se pregunta si no será acaso él el último, “¿Cuántas cosas se quedaron en 366 alguna vez? ¿Seré yo el último y el primero?”. Luego piensa que no son cosas de pensar, no son cosas que deba pensar un posteo, un posteo no razona, un posteo no son más que bites-bits-unos-y-ceros. Se ata los cordones de los zapatos, se incorpora y sigue, sigue, sigue, porque hay que seguir. Y sigue caminando hacia el polvoriento horizonte del olvido.